Quien probó el láser hace quince años recuerda el pellizco. Cada disparo era una goma elástica contra la piel, y en zonas como las ingles o el labio superior había que apretar los dientes. Hoy la mayoría de pacientes describe la sesión como un calor suave. El cambio tiene nombre: refrigeración de contacto.
El principio del láser no ha cambiado. La melanina del pelo absorbe la luz, se calienta y destruye el folículo. El problema siempre fue que la epidermis también contiene melanina y también se calienta. Los cabezales actuales enfrían la piel a pocos grados mientras disparan, de modo que el calor llega al folículo, que está más profundo, sin quemar la superficie.
A eso se suma el modo de disparo en movimiento, con pulsos de baja energía y alta frecuencia que van calentando el folículo poco a poco en lugar de golpearlo con un solo pulso intenso. Es más cómodo, más rápido y, según los estudios comparativos, igual de eficaz cuando se completa el número de sesiones.
La tecnología, sin embargo, no lo es todo: importa quién ajusta los parámetros a cada piel y a cada zona. En esta explicación sobre la depilación láser diodo se describe bien cómo se decide la potencia según el fototipo y el grosor del vello, y por qué la primera consulta debería ser siempre de valoración y no de venta.
Para quien lo esté pensando, una prueba sencilla: pedir que le hagan unos disparos de prueba en la zona antes de contratar nada. Si molesta más que un pellizco, el equipo o los parámetros no son los adecuados.